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Sexo en la ventana


Hace dos meses apareció.

Es como yo, un poco exhibicionista. En mi casa no hay cortinas. Solo plantas en las ventanas, para que reciban luz. Nada que esconder. Y bueno, si alguien ve algo, pues que vea. Normalmente son las únicas ventanas que están así, todos viven en sus cuevas protegidas por telas.

De pronto me di cuenta que las cortinas de algunas ventanas habían desaparecido, y aparecieron plantas. Hmmm. Interesante.
Empecé a voltear cada vez que pasaba por la ventana hacia allá. Curiosidad de quien vive a la luz de la sociedad. Se hizo una costumbre. Y entonces lo vi. Es un chico joven, atlético, guapo. Con muchos amigos, siempre hay gente en su apartamento.
Guapo, sus ojos brillan en verde esmeralda a la luz cuando voltea hacia afuera. Bellísima sonrisa, buen cuerpo.

Pero ayer. La cosa cambió. Llegué del trabajo y me di una ducha. Al salir, en bata, y de camino a la cocina, voltee a su ventana como de costumbre. Pero ayer la visión que tuvieron mis ojos me dejó petrificada.

Parecía que salía de bañarse, una toalla blanca en la cintura.

Solamente.

Su cintura estrecha. Sus hombros anchos. Sus músculos firmes y torneados. Seguramente va al gimnasio diario. Se acerca a la ventana y se asoma. Me ve, siento como me desnuda con sus ojos verdes que brillan bajo la luz. Entonces me doy cuenta que lo estoy mirando con la boca abierta. Corro a apagar la luz. De pronto me siento tímida. Espero que no me haya visto. Parece que no.

Y se quita la toalla.

El resto de su cuerpo es fantástico.

Y ahí, frente a la ventana, empieza a acariciar su sexo, suave.

En realidad nunca me han atraído los exhibicionistas. Esos que van enseñando su miembro a quien guste ver me parecen vulgares. Pero el no estaba siendo ese tipo de exhibicionista. Estaba ahí, en su casa, acariciándose suavemente, sin esperar nada mas. Como quien fuma un cigarro, perdido en sus pensamientos.

Me quedé petrificada, sin poder quitar los ojos de su hermoso cuerpo. Empecé a tocarme yo también, imaginando que era su mano la que recorría mi sexo.

Decidí jugar un poco, y prendí una lámpara que está al lado del sillón en la ventana, y me acomodé de forma que no había manera de que no me viera.

De pronto me dí cuenta que me estaba llamando. Con su mano me decía que fuera. Yo sonreí, y seguí con lo mío.

Salió de escena. Supuse que se aburrió o algo. ¡Lastima! estaba siendo divertido.

A los 3 minutos regresó. Con un gran papel que decía 405 TE ESPERO.

Sonreí, preguntando por señas si era para mi. El contestó que sí.

Y bueno. Viernes en la noche y yo aburrida. Decidí ir.

Me puse un vestido sobrepuesto, unas zapatillas y corrí a su edificio. Toqué en el 405 y abrió el zumbador.

Subiendo por el elevador decidí regresar por donde había venido. Pero cuando se abrió en el cuarto piso estaba él, en todo su esplendor, desnudo y erecto en la entrada del elevador. Sus ojos son del verde más profundo que he visto en mi vida.

Me tomó por la cintura y me besó,apasionadamente. Como imagino besan a las princesas los príncipes que llevan años esperándolas.

Besó mi cuello, me tomó en sus brazos y me llevó a su departamento.

Al entrar me sacó el vestido por la cabeza, y empezó a besarme. Sus labios recorriendo mi cuerpo desde el cuello, bajando a mis senos, mi vientre, y llegando a mi entrepierna.

Y entonces, recordé la ventana. El pareció entender lo que quería y me llevó hacia allí. Mis pechos chocaron contra el frío vidrio, mientras su lengua bajaba por mi espalda, sus dientes mordían mis nalgas y sus dedos buscaban mi sexo.

Empecé a sentir como mi miel comenzó a escurrir por mis muslos. La excitación de estar en estas circunstancias es mucho mayor de lo que hubiese imaginado.

Volteé, puse mis nalgas contra la ventana y acerqué su cabeza a mi monte de Venus. ¡Bésame!

Su experta lengua empezó a buscar mi clítoris, con toques pequeños y firmes, de manera que empezó a vibrar como el badajo de una campana. Cada vibración estremecía todo mi cuerpo. Comenzó a beber mi miel, a boca llena, chupando y regocijándose del sabor, del olor.

No podía más, necesitaba que me penetrara. Se lo pedí. Por respuesta solo tuve una sonrisa.

Me recostó en el sillón y su atención pasó ¡A mis pies! ¿Me quieres hacer sufrir?

No - dijo - te quiero hacer disfrutar.

Y empezó a besar mis pies, con idolatría, pasando por cada centímetro, como si fueran joyas extraordinarias que merecen reverencia.

Quise acercarme a besarle yo, pero me dijo: Llevo dos meses disfrutándote en la ventana, y quiero pagarte el favor. Déjame hacer todo yo.

MMMMM! Bueno. Me dejé.

Terminó con mis pies y siguió con mis piernas, y mis nalgas. Mi piel se iba poniendo más y más sensible, y mi sexo más y más excitado. Comencé a temblar, poco al principio, y después de manera descontrolada, cerré los ojos para que no se diera cuenta del efecto que tenía en mi.

Y entonces, sentí su sexo entrando al mío, triunfante. No se cuanto tiempo fue. Una sesión maravillosa, placentera y llena de orgasmos.

Terminamos mucho tiempo después. Ya no había ninguna ventana con luz a la vista.

Mucho gusto vecino, le dije, vistiéndome.

Mucho gusto vecina, Trebor a sus órdenes. A ver cuando me comparte otra taza de su miel. La próxima vez, yo voy por ella, no se tiene que molestar en traerla como hoy.

Reí. Salí sin decir más.

Llegando a casa, me asomé por la ventana. Sus amigos están llegando. Me salvó la campana. El está despeinado, con ropa puesta encima como sea. Ríe mientras prepara bebidas en la barra.

Preparo un café y me siento a leer en mi sofá junto a la ventana, otra vez en mi bata.

Siento su mirada, de vez en cuando sobre mi.

Es una belleza. Poder contar con vecinos así, para las tardes del viernes, como dice algún anuncio… No tiene precio.

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