Relato: El porno no es para las chicas
Ya que estamos hablando de pornografía, escribí este pequeño relato para ustedes:
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Dicen que a las mujeres no nos debe gustar el porno. Bueno, en realidad no recuerdo a alguien diciéndolo así tal cual, pero es como la regla, ¿no? Esas cosas que todo el mundo sabe aunque no se anden proclamando a los cuatro vientos.
Es por eso que me sentí tan mal -tan culpable- cuando descubrí las películas que tenía mi hermano escondidas en su cuarto. Sabía que no debía mirar, pero la curiosidad me pudo, y un día que estaba sola en casa me metí a buscarlas. Todas tenían títulos en inglés y no entendí nada, así que cogí la que tenía el chico más guapo en la portada y corrí con ella a mi habitación. Ahí, rápidamente la puse en el aparato reproductor y cerré la puerta con llave. Me acosté temblando de la emoción y del miedo que me producía hacer algo tan prohibido e indecente.
La película narraba las peripecias de una sirvienta rubia muy sexy, la cual se acostaba con todo hombre que se cruzara en su camino. Con el señor de la casa, con el jardinero, con su novio, con la hija de los patrones –ugh, ese tipo de sexo “lésbico” no me gustó mucho, aunque me dio curiosidad, me sentí muy rara mirándolo, a decir verdad. Pero la escena que más llamó mi atención aquella donde se revolcó con el prometido de la niña de la casa.
¡Es que el tío estaba guapísimo! De hecho, era el mismo de la portada, el que me había atraído y por el cual había hecho la elección. Era delgado pero no demasiado, tenía todos sus músculos del tamaño preciso y en el lugar adecuado. Con tatuajes en ambos brazos, moreno y de cara hermosa, era el sueño húmedo de cualquier mujer.
Ya en la cama, él y la sirvienta estrella del show comenzaron a besarse, y ella se desnudó completa. Él la trató como todo un caballero, besando sus senos y acariciando su sexo con suavidad. Los gemidos que emitían los dos comenzaron a alterarme; algo curioso comenzó a pasar en mi cuerpo. Sentí la necesidad de presionarme mi propio sexo, así que llevé una mano hasta ahí y me oprimí.
Levanté las caderas en busca de mi propia mano, sintiendo la manera en que me mojaba por debajo de mi prenda interior. En la película, el galán estaba sobre la chica, todavía él con algo de ropa, metiendo su mano bajo las bragas de ella y apoyando su entrepierna en uno de sus rosados muslos.
Él le quitó las bragas y –dios, ella era tan bonita- comenzó a besarle su sexo, metiéndole un dedo y usando su lengua para juguetear con su clítoris. Ver los dedos del chico tan metidos en el coño de ella me hizo dudar si en verdad sería tan agradable como parecía. “Tiene que doler”, pensé. Pero ella parecía disfrutarlo. El chico curvó sus dedos hacia arriba y los metió y sacó sin dejar de besarla. Yo me di cuenta que tenía mucha saliva en la boca y tuve que pensar para tragar.
Volví a empujar mis caderas hacia mi mano. Cada vez me era más duro controlar ese impulso… necesitaba la fricción. Necesitaba un orgasmo. Dios, jamás lo había requerido con semejante urgencia.
Pero lo mejor de la escena, lo más prohibido, lo más tabú, fue cuando él se quitó sus calzoncillos. Al principio sólo le miré el trasero; era perfecto, tan perfecto como el resto de su cuerpo. La chica se levantó y luego se puso a gatas enfrente de él. Comenzó a besarle la polla, a lamerla, a metérsela en la boca.
Él suspiraba y jadeaba y yo estaba con la boca abierta. De todos los actores porno que había visto en mi breve aventura de esa tarde, él era el único guapo. No, que digo guapo, estaba buenísimo. Dios mío, me recordaba a una de esas esculturas griegas, pero con un pene mucho más grande y ancho.
Comencé a morderme una mano casi sin darme cuenta. Realmente estaba envidiando a la chica de la peli. La vi meterse la polla de él lo más que pudo, y a él acariciarle su pálido trasero y Dios, quise estar ahí y ser ella. De pronto, como si se hubieran puesto de acuerdo, ella se levantó y él se acostó boca arriba. Ella se le montó y con cuidado, se metió su polla en su rubio coño.
Era enorme y tardó en entrar toda. Ella comenzó a gemir más ruidosamente que antes, pero no parecía ser de dolor. Yo quería estar en su sitio, no me importaba si dolía o no. Ver semejante espécimen con esa polla tan grande, tan gorda… tan perfecta. Del mismo color bronceado de toda la piel de su cuerpo. Oh, Dios. La humedad en mi coño era abundante; podía sentirla a través de la tela de mis vaqueros.
Mientras ella cabalgaba en él, gimiendo cada vez más alto, y él acariciándola toda mientras se la follaba, yo no pude aguantar más y me bajé mi propio pantalón. Metí mis dedos, no sin un poco de miedo, por debajo de la delgada tela de mis bragas. Me sentí tan mojada como nunca antes; no comprendía mucho el porqué. Porque, después de todo, ¿no se supone que las mujeres no nos excitamos con el porno?
Pero yo sí estaba, y mucho. Sobre todo porque el tío protagonista estaba buenísimo. Porque se follaba a la rubia de manera fenomenal. Y yo digo que cualquiera hubiera deseado ser ella. Cualquiera. Una polla así de bonita y empujada con tantas ganas dentro del coño de una, no es cosa que se vea todos los días y que sí se vale envidiar.
Empecé a deslizar mis dedos sobre mi húmeda cavidad. Se sentía tan bien. Estaba tan mojada, pero no como si fuera agua. Se sentía diferente. Como suavecito, como aceitoso. Rico. Muy rico.
Tan rico como se lo estaba pasando esa tía con aquel divino pedazo de hombre. ¡Dios, qué envidia, qué envida! Yo que sólo había tenido al flacucho del Daniel, al que le había chupado la polla una vez. Pero no tenía punto de comparación con aquel Adonis real. Ni siquiera en aquella ocasión me había calentado tanto.
Repentinamente, el chico y la chica cambiaron de sitio: ella se puso a cuatro patas sobre la cama y él la penetró desde atrás. Sus enormes manos aferrándose de las nalgas de ella, su hinchada polla entrando y saliendo cada vez con más furia y rapidez.
Y yo, masturbándome al mismo ritmo. A esas alturas ya me había sacado las bragas, me estorbaban. Acostada boca arriba, toqueteándome con una mano y luego, cuando me cansaba, con la otra. Cada vez más mojada, cada vez más necesitada. Porque, aunque se supone que el porno no es para chicas, ahí estaba yo para ser la excepción a la regla. A mí sí me ponía, y mucho. Lo disfrutaba, cada vez más caliente –literalmente-, imaginándome que era yo la que estaba ofreciéndole el culo a ese pedazo de tío, que era a mí a quien acariciaba de esa manera tan lasciva, que era a mí a quien hacía gemir y se follaba con tanta devoción.
Entrecerré los ojos para dejar de ver a la chica en la pantalla. Sólo quería mirarlo a él. Eso bastó para imaginarlo hincado como estaba, pero entre mis piernas abiertas en vez de detrás de la sirvienta, y que era yo la que recibía su enorme polla dentro de mí, lo más profundo que pudiera llegar. Sí. Así. Más, más.
Eché la cabeza hacia atrás y, cerrando los ojos apretadamente, me corrí como nunca en mi vida, viéndolo a él sonreírme ampliamente.
*
Ese día, tuve que cambiar las sábanas de mi cama dos veces. Y también, a partir de ese día, me adueñé de ese video porno. Mi hermano ni siquiera lo extrañó, pues nunca me preguntó nada. O quizá sí lo echó de menos, pero como se supone que las chicas no vemos pornografía, ¿cómo diablos se iba a imaginar que era yo quien se lo había hurtado para mi goce personal?
Era impensable.



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