Relato: El Carnicero III (fragmento)
El Carnicero, de Alina Reyes
(Fragmento)
Me desperté poco a poco, con el ruido de la lluvia contra los cristales. Las sábanas eran suaves, la almohada mullida. Abrà los ojos. YacÃa junto a mà y me miraba. Dirigà la mano hacia su sexo. Me deseaba de nuevo.
Yo no querÃa más que esto: hacer el amor, todo el tiempo, sin furia, con paciencia, con obstinación, metódicamente. Llegar al final. Era como escalar una montaña, necesitaba alcanzar la cúspide, igual que en mis sueños, en mis pesadillas. Lo mejor hubiera sido castrarlo en seguida, comer aquel pedazo de carne siempre duro siempre erecto siempre ávido, engullirlo y conservarlo en mi vientre, definitivamente.
Me incorporé un poco, me acerqué a él y le rodeé con mis brazos. Tomó mi cabeza entre sus manos, juntó nuestros labios e introdujo de golpe su lengua en mi boca, la agitó hasta el fondo de mi garganta enroscándola y desenroscándola contra la mÃa. Empecé a mordisquearle los labios hasta sentir el gusto de la sangre.
Entonces monté sobre él, apoyé mi vulva en su sexo, la restregué contra los testÃculos y la verga, cogà el miembro con la mano para hacerlo penetrar en mà y fue como un relámpago fulminante, la entrada resplandeciente del salvador, el retorno Ãnstantáneo de la gracia.
Levanté las rodillas, le envolvà con mis piernas y me puse a galopar. Cada vez que en la cresta de la ola veÃa asomar su verga roja y brillante, la cogÃa de nuevo para hundÃrmela aún más adentro.
Iba demasiado deprisa. Me calmó con dulzura, estiré las piernas y me tendà sobre él. Permanecà inmóvil un momento, contrayendo los músculos de mi vagina alrededor de su miembro.
Le mordisqueé el pecho en toda su extensión; mil cargas eléctricas me recorrieron la lengua, las encÃas. Froté la nariz contra su carne blanca, aspiré temblando su fragancia. Bizqueaba de puro placer, el mundo no era más que un cuadro abstracto y vibrante, un entrechocar de manchas color carne, un pozo de materia blanda en el que me hundÃa obedeciendo a un gozoso impulso de perdición. Los tÃmpanos me vibraban y resonaban en mi cabeza, mis ojos se cerraban; las ondas que corrÃan por mi caja craneal agudizaron extraordinariamente mi conciencia, se produjo una llamarada y mi cerebro gozó, solo y silencioso, magnÃficamente solo.
Rodó sobre mà y cabalgó a su vez apoyándose en las manos para no aplastarme. Sus testÃculos frotaban mis nalgas en la entrada de la vagina, su verga dura me llenaba en su resbaladizo vaivén, mis uñas se hundÃan en su nalgas, jadeó más fuerte… Gozábamos juntos, infinitamente, mezclando nuestros lÃquidos y nuestros estertores surgidos más allá de la garganta, de las profundidades de nuestros pechos, ajenos a la voz humana.
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LlovÃa. Envuelta en la enorme camiseta que me habÃa prestado, me acodé en la ventana arrodillada en una silla arrimada a la pared.
Él también llevaba una camiseta; estaba acostado en el sofá con sus gruesas nalgas, su hinchado sexo y sus rollizas piernas desnudas. Se acercó a mÃ, colocó su verga dura sobre mis nalgas. Intenté darme la vuelta, pero me cogió por los cabellos y echando mi cabeza hacia atrás me forzó por el ano. Yo sufrÃa, condenada a mirar al cielo encajonada en la silla.
Por fin me penetró hasta el fondo y el dolor menguó. Se movÃa rÃtmicamente; yo estaba llena de él, sólo sentÃa su enorme y devoradora verga dentro de mÃ, mientras afuera, la lluvia, pura y lÃquida luz, caÃa a raudales.
Siguió revolviendo mis entrañas como un labrador arando el campo y, sin dejar de mantener mi cabeza hacia atrás, introdujo dos dedos en mi vagina para sacarlos en seguida. Entonces yo introduje los mÃos, sentà su verga dura golpeándome y comencé a frotarme al mismo ritmo. Aceleró el compás, mi excitación creció, placer y dolor confundidos. Su vientre chocaba con mi espalda y a cada movimiento me traspasaba y me invadÃa un poco más. Me tiraba del pelo, mi cuello estaba muy tenso y mis ojos obstinadamente vueltos hacia el cielo que se vaciaba, y él me pegaba y me azotaba hasta en lo más profundo de mi ser, mi cuerpo se estremecÃa y se llenaba de aquel lÃquido caliente que brotaba a sacudidas, empapándome suave y sabrosamente.
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Obedeciendo a mis deseos se echó desnudo en el suelo, boca arriba. Con los extensores gimnásticos le até los brazos a las patas del sillón, las piernas a las de la mesa.
Ambos estábamos cansados. Me senté en la butaca, le observé durante un instante, inmóvil y desfallecido.
Su cuerpo me gustaba asÃ, henchido de carne abierta y prisionera, espléndido en su descarada imperfección. Hombre desarraigado, nuevamente clavado al suelo, el sexo como un frágil pivote exiliado de las tinieblas y expuesto a la luz de mis ojos.
Me levanté y me arrodillé con las piernas abiertas sobre su cabeza. Sin acercarme demasiado a su rostro separé con las dos manos mis grandes labios, le hice mirar mi vulva, mucho rato.
Después la acaricié lentamente con un movimiento circular desde el ano hasta el clÃtoris.
Hundà los dedos de la mano izquierda en mi vagina y seguà frotándome. Mis dedos no son mis dedos sino un pesado lingote, un gran lingote cuadrado clavado en mÃ, oro reluciente en la oscuridad de mi sueño. Mis manos se movÃan cada vez más deprisa; cabalgaba en el aire, convulsivamente, la cabeza hacia atrás. Gocé sollozando sobre sus ojos.
Volvà al sillón. Su cara habÃa enrojecido, de nuevo iniciaba una erección, tÃmidamente. Estaba indefenso.
Me recosté en el suelo junto a él, la cabeza sobre su bajo vientre, la boca contra su verga una mano en sus testÃculos, y me dormÃ. Seguramente la huella en el cemento fresco serÃa la del pie de un soldado alto y rubio, y fuerte, y quizá guapo.
Cuando pegada a su sexo me desperté, lo cogà con la boca, lo lamà varias veces, sentà cómo se hinchaba y me tocaba la garganta. Acaricié sus testÃculos, los chupé, volvà a su verga; me la puse en la cuenca de los ojos, en la frente, en las mejillas, contra la nariz, sobre la boca, la barbilla, en el cuello, posé la nuca sobre ella, luego la acorralé entre el omóplato y la cabeza inclinada, la pasé por una axila, por la otra, la rocé con mis pechos casi hasta hacerles gozar con su tacto; con ella me froté el vientre, la espalda, las nalgas, los muslos, la apreté entre mis brazos y mis piernas doblados y apoyé sobre ella la planta del pie hasta dejar su huella por todo mi cuerpo.
Después volvà a metérmela en la boca y la chupé durante largo rato, como se chupa el dedo pulgar, el pecho de la madre, la vida, mientras él gemÃa y jadeaba, sin descanso, hasta que eyaculó en una queja aguda y bebà su esperma, su savia, su don.

El Carnicero
Autora: Alina Reyes
Editorial: Grijalbo
Páginas: 86
Precio: 2.8 Euros
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