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Relato: El Carnicero II (fragmento)


El Carnicero, de Alina Reyes

(Fragmento)

No decíamos nada, ni uno ni otro. Yo observaba el movimiento del limpiaparabrisas, ahogada en el olor de mis cabellos mojados pegados a las mejillas.

Él abrió la puerta y me tomó de la mano. Mis sandalias estaban llenas de agua y mis pies flotaban sobre la suela de plástico. Me condujo al salón, me hizo sentar, me ofreció un café. Después conectó la radio, me pidió permiso para ausentarse durante cinco minutos. Necesitaba tomar una ducha.

Me acerqué a la ventana, corrí un poco la cortina y contemple cómo caía la lluvia.

La lluvia me dio ganas de orinar. Al salir del aseo empujé la puerta del cuarto de baño. La habitación estaba caliente, llena de vaho. Vislumbré su silueta maciza detrás de la cortina de la ducha. La aparté un poco y miré. Tendió la mano hacia mí, pero la esquivé y le propuse enjabonarle la espalda. Me acerqué a la ducha, puse las manos bajo el chorro de agua caliente, cogí el jabón y me embadurné las manos con su densa espuma.

Empecé a frotarle la espalda, comenzando por la nuca, los hombros, en movimientos circulares. Su cuerpo era ancho y blanco, musculado y recio. Deslicé las dos manos a lo largo de su columna vertebral, seguí por los costados llegando casi hasta el vientre. El jabón producía una espuma fina y perfumada, una tela de araña hecha de pequeñas burbujas que flotaba sobre la piel mojada, una alfombrilla suave entre mis palmas y sus riñones.

Recorrí varias veces su espina dorsal de la rabadilla a la nuca, justo hasta el nacimiento de esos pelos que el barbero afeita, a veces, en los peinados muy cortos con una maquinilla que vibra de una manera deliciosa.

Le enjaboné los hombros y luego los brazos en los que, aun estando distendidos, se apreciaban las macizas bolas de sus músculos. Los antebrazos estaban cubiertos de vello. Necesité más jabón para impregnarlos de espuma. Subí hasta las axilas, profundas y peludas cavidades.

Me unté de nuevo las manos para efectuar masajes giratorios sobre sus nalgas. Éstas, a pesar de su volumen, tenían una forma armoniosa, describían una curva graciosa que partía de la cintura y se unían prietas a los miembros inferiores. Acaricié una y otra vez aquellas redondeces deseosa de que mis ojos y mis manos las conocieran por igual.
Después recorrí las piernas duras y robustas. La piel era velluda y ocultaba manojos de músculos. Tuve la impresión de adentrarme en otra zona del cuerpo, más salvaje, que conducía hasta el extraño tesoro de sus tobillos.

Entonces se volvió hacia mí. Alcé la cabeza y vi sus testículos hinchados, su verga erguida, tiesa, justo encima de mis ojos.

Me levanté. No se movió. Volví a coger el jabón y empecé a lavar su torso ancho y sólido, no demasiado velludo.
Descendí lentamente a lo largo del vientre abultado, de poderosos abdominales. Durante largo rato enjaboné su superficie. El ombligo sobresalía como una pequeña bola blanca alrededor de la cual se dibujaba la masa redonda del vientre, un astro alrededor del cual gravitaban mis dedos esforzándose en demorar el momento en el que sucumbirían a la atracción de la parte inferior de su cuerpo, del cometa alzado contra el armonioso orden circular del estómago.
Me arrodillé para masajear su bajo vientre. Fui rodeando los genitales, con suavidad, hasta la parte interior de los muslos.

Su sexo estaba terriblemente duro e hinchado.

Me resistí a la tentación de tocarlo prolongando las caricias sobre el pubis y entre las piernas. Ahora estaba apoyado contra la pared del fondo con los brazos separados y las manos posadas en las paredes laterales; el vientre hacia adelante. Gemía.

Sentí que iba a gozar antes de que yo lo tocara.

Me alejé me senté justo debajo del chorro de la ducha y con los ojos fijos en su sexo demasiado prominente esperé a que se calmara un poco.

El agua caliente corría por mis cabellos, por debajo de mi vestido; a nuestro alrededor el aire, lleno de vaho, se hacía espuma, amortiguaba las formas y los ruidos.

Él había alcanzado la cúspide de la excitación, y sin embargo no había hecho ni un solo ademán para acelerar el desenlace. Me esperaba, me esperaría todo el tiempo que yo quisiera hacer durar el placer, el dolor.

Me arrodillé de nuevo frente a él. Su verga, todavía muy congestionada, se enderezó.

Pasé la mano por los testículos, partiendo desde su base, cerca del ano. La verga se enderezó todavía más. La cogí con la otra mano, la apreté, inicié un lento vaivén. El agua jabonosa que me bañaba facilitaba el deslizamiento. Mis manos estaba llenas de una materia caliente y viva, mágica.

La sentía palpitar como el corazón de un pájaro, la ayudaba a correr hacia su desenlace. Subir, bajar, siempre el mismo gesto, siempre el mismo ritmo y, sobre mi cabeza, los gemidos y yo también gemía con el agua de la ducha que me pegaba el vestido al cuerpo como un guante estrecho y sedoso, con el mundo detenido a la altura de mis ojos, de su bajo vientre, con el ruido del agua rezumando entre mis dedos, con aquellos bultos tibios y duros en mis manos, con el olor del jabón, de la carne empapada y del esperma que brotaba debajo de mi palma…

El líquido surgió a ráfagas, salpicando mi cara y mi vestido.

Él también se arrodilló y lamió las lágrimas de esperma de mi cara. Me lavaba como se lava a un gato, con aplicación y ternura.

Su cabeza blanca y espumosa, su lengua rosada en mi mejilla, sus ojos de un azul desteñido, los párpados pesados como si estuvieran aún bajo el efecto de una droga. Y su cuerpo lánguido, su cuerpo radiante de plenitud…

Me quitó la ropa lentamente.

Después me tendió sobre las baldosas y, sin cerrar el grifo de la ducha, empezó a besarme por todo el cuerpo. Sus poderosas manos me aupaban y me giraban con una delicadeza extraordinaria. Ni la dureza del suelo ni la fuerza de sus dedos me lastimaban.

Me relajé por completo. Sentí la pulpa de sus labios, la humedad de su lengua, en las axilas, debajo de los pechos, en el cuello, detrás de las rodillas, entre las nalgas; sentí su boca por toda mi piel, de un extremo a otro de la espalda, en la parte interior de las piernas, hasta la raíz de mis cabellos.

Me tendió sobre las resbaladizas baldosas, me levantó sosteniéndome por los riñones con los dedos incrustados en mi espalda, en mi columna vertebral, y los pulgares en mi vientre. Colocó mis piernas sobre sus hombros y metió la lengua en mi vulva. Me arqueé violentamente. El agua de la ducha me golpeaba suavemente una y mil veces en el vientre y en los pechos. Me lamía de la vagina al clítoris con la boca pegada a mis grandes labios. Mi sexo se convirtió en una superficie agrietada de la que manaba el placer; el mundo desapareció, yo no era más que aquella carne viva de la que, en seguida, brotaron inmensas cascadas, una tras otra, continua, infinitamente.

Por fin la tensión cedió, mis nalgas se relajaron sobre sus brazos, poco a poco me recuperé, sentí el agua sobre mi vientre, vi de nuevo la ducha, le vi a él y a mí.

Me había secado y acostado en la cama, muy abrigada. Me dormí.

El Carnicero
Autora: Alina Reyes
Editorial: Grijalbo
Páginas: 86
Precio: 2.8 Euros
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